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Las últimas maestras de la República - Magazine

Las últimas maestras de la República

Hace 75 años que acabó la Guerra Civil y que Benita Gil y Elvira Godàs tuvieron que huir del país, dejando atrás su trabajo como maestras de la República. La educación fue la base de la democracia que el gobierno republicano quiso instaurar, y los maestros, una pieza fundamental.

Magazine | 25/07/2014 - 12:40h

Las últimas maestras de la República

Elvira Godàs, en su casa de Barcelona, donde atesora muchos recuerdos de la República como, a la derecha, una pintura alegórica –la mujer, las balanzas y el león– Mané Espinosa

Benita Gil recuerda bien su primer día de clase. Y eso que ya han pasado 80 años. Era noviembre de 1934 y se ponía al frente de un grupo de niñas del barrio de Juslibol, en Zaragoza. Ella fue la primera mujer con carrera universitaria de la familia. Sus padres cultivaban la tierra cerca de Mas de las Matas, un pequeño pueblo de Teruel a orillas del río Guadalope. “Mi padre quiso que mi hermana menor y yo estudiásemos”, explica esta mujer de 101 años en conversación telefónica desde Praga (República Checa), donde vive. Junto con su hermana Adelaida, asistió a una escuela privada de la capital aragonesa. Ambas hermanas acabaron estudiando Magisterio. Lo quiso su padre. “En esa época era la carrera más simple para las mujeres”, dice. La más aceptada.

En 1931, España iniciaba una nueva etapa. El Gobierno republicano realizó un gran esfuerzo educativo, que requirió la incorporación de cientos de maestros y la construcción de miles de escuelas. Aquí se produjo el gran salto femenino a la enseñanza. La profesión atrajo a chicas que deseaban una vida más autónoma y que podían compaginar con el cuidado de los hijos –en aquella época aún era la tarea principal–.

Muchas maestras hicieron suyos los ideales republicanos y representaron un nuevo modelo de mujer, a veces sin ser conscientes. Por primera vez, una mujer enseñaba tanto a niñas como a niños, derribando los muros que los separaban en la escuela; por primera vez, una mujer era jefa de un hombre, como ocurrió con las maestras que dirigieron colegios. En una España rural y con un alto índice de analfabetismo, el profesor era el “intelectual del pueblo” y, a través de la docencia, la mujer empezó a erigirse como autoridad cultural. Un primer paso hacia la igualdad. El segundo fue cuando la mujer ganó el derecho al voto en 1933.

Benita Gil forma parte de esa generación. Ingresó en la Escuela Normal de Maestras de Zaragoza en 1928. Cuatro años más tarde, cuando acabó su formación, el primer gobierno de la República ya había aprobado el Plan Profesional de Magisterio. Fue un programa ideado por el ministro de Instrucción Pública Marcelino Domingo, con la intención de mejorar la formación de los maestros y dignificar su estatus.

Aún hoy, muchos historiadores de la educación lo consideran el mejor plan formativo que ha tenido España. El magisterio se elevó a la categoría de carrera universitaria, con tres años de teoría y un cuarto de prácticas remuneradas, mientras que el sueldo de los profesores aumentó a 4.000 pesetas anuales, como el de cualquier otro funcionario –antes era menor que el de los obreros de las fábricas–. Se trataba de un sistema que seguía la filosofía de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos en Madrid: la cultura como vía hacia el progreso social y humano.

“Después de la Escuela Normal, cursé el primer año del Plan Profesional de Magisterio, y en el verano de 1933 convocaron oposiciones; me presenté y aprobé con el número tres”, cuenta Benita. Entonces la destinaron a Juslibol. En su clase sólo había niñas. En otros puntos de España, en cambio, sí se instauró la coeducación. “Nuestro principal objetivo era enseñar a los niños a ser capaces de entender bien la lectura y las matemáticas, también la solidaridad entre unos y otros; seguíamos los principios de algunos pedagogos de la época como el belga Ovidio Decroly o la italiana Maria Montessori”, explica. No contaban con muchos medios ­económicos, pero sí con una apuesta clara por el poder transformador de la educación.

El artículo 48 de la Constitución especificaba que la escuela debía ser “laica, obligatoria y gratuita”. En esta apuesta por el laicismo, se prohibió que las órdenes religiosas dirigieran colegios, lo que causó una gran confrontación con la Iglesia. Benita Gil recuerda la canción que se cantaba en la Escuela Normal de Maestras cuando se declaró la República: “El alma de los niños, flor tan bella, la quieren insensatos mancillar, y a Dios que por ellos dio su vida, le quieren insensatos apartar. Juremos y juremos por siempre combatir la escuela anticristiana y a Cristo Dios servir”. “La propaganda de la Iglesia era tan grande que muchos teníamos dificultades para defender el éxito de la República”, añade.

El Gobierno planificó la creación de 27.000 escuelas, de las cuales se construyeron 16.000. “Las mujeres cobrábamos lo mismo que los hombres y estábamos igual de bien consideradas. En general, los maestros eran muy valorados en los pueblos, excepto si alguno era una calamidad. Por mi parte puedo decir que me apreciaban”, explica. En su primer año como maestra le regalaron un precioso costurero de mimbre, “y siempre tuve que rechazar solomillos de cerdo de la matanza o huevos en primavera”. Benita enseñaba a sus alumnas a leer y escribir; insistía en el cálculo mental, la geografía, la historia, la música… Religión, no. No tenían ni libros ni cuadernos gratuitos. “Cada clase contaba con una pequeña asignación para el material más simple y adquirir algún libro de lectura”, señala.

La llegada a las aulas de Elvira Godàs siguió otro camino. Esta mujer de 97 años pertenece a una familia de educadores muy progresista. Su padre, Frederic Godàs, fue un reputado pedagogo y junto a su madre, Victorina Vila, fundaron el Liceo Escolar de Lleida. La escuela abrió sus puertas en 1906 y enseguida incorporó los principios pedagógicos más innovadores. “Mis padres trabajaron de igual a igual para levantarlo, escolarizaban tanto a niños como niñas y practicaban una pedagogía activa; aparte de las materias tradicionales, enseñaban música, arte, educación física, hacían excursiones… Todo esto suena muy normal ahora, pero en aquella época resultó revolucionario”, cuenta.

Alumnos de todas partes llegaban al Liceo Escolar para formarse. El padre de Elvira falleció en 1920 durante un viaje de trabajo, y su madre, entonces con 33 años, se hizo cargo de la escuela en solitario durante un tiempo y logró dar carrera a sus cinco hijos. Elvira, la menor, estudió la carrera de Piano en el conservatorio.

En 1936 el plan educativo gubernamental se vio truncado. La tensión política y social crecía. Benita Gil lo describe así: “Eran momentos difíciles, la situación política era insegura; mucha revuelta y mucho pistolero, y los maestros teníamos dificultades para mantener a los niños alejados de ese ambiente. Recuerdo que mis alumnas me preguntaban: ‘¿No pasará nada malo, verdad maestra?’. A lo que yo siempre contestaba que no, que nada malo pasaría. Pero pasó”. En julio se produjo la sublevación militar y comenzó la Guerra Civil.

El Liceo Escolar de Lleida continuaba, sin embargo, con sus clases, y Elvira Godàs decidió empezar a ejercer como maestra. “Todos los hombres estaban en el frente, así que la República solicitó más profesores; yo me presenté voluntaria”, recuerda. Pasó un examen especial para demostrar que tenía el nivel necesario. Luego viajó a Barcelona para superar una prueba adicional de catalán. La persona que le examinó fue nada más y nada menos que Pompeu Fabra, ‘padre’ del catalán moderno. Aprobó el examen y consiguió el título de maestra, pero no pudo trabajar en la escuela de sus padres.

El 2 de noviembre de 1937, la Aviazione Legionaria Italiana bombardeó la capital del Segrià y, entre otros, destruyó la mitad del edificio del Liceo Escolar, en la avenida Blondel. Murieron 42 niños. “Lo hicieron a propósito, sabían que era una escuela y la bombardearon; porque la escuela era el alma de la sociedad que queríamos construir, más justa y democrática; trataban de impedir que estas ideas progresistas se expandieran”, afirma Elvira Godàs. El fotógrafo Agustí Centelles inmortalizó el bombardeo, que se ha comparado con el de Gernika pese a ser menos conocido.

La guerra hizo que tanto Elvira Godàs como Benita Gil se vieran obligadas a trasladarse continuamente para evitar combates y bombardeos. Benita estaba en Mas de las Matas el verano de 1936. “El 1 de agosto los revolucionarios nos llamaron a las cuatro maestras que estábamos allí, y a todos los estudiantes de bachillerato, para reabrir las escuelas inmediatamente. Pensaban que los niños estaban mejor en la escuela que en la calle, viendo lo que veían”.

Al cabo de unos meses, dejó el pueblo y se marchó a Alcañiz, donde empezó a trabajar en el colegio y entró en la Federación de Trabajadores de la Enseñanza, que la nombró secretaria de organización. Los alumnos seguían sus clases, el frente de combate quedaba lejos, pero el 3 de marzo de 1938, todo cambió. Como ocurrió en Lleida, los aviones italianos bombardearon el municipio, cogiendo a sus habitantes totalmente desprevenidos. “Eran las dos de la tarde, todo quedó oscuro”. En ese momento, Benita no estaba en la escuela. “Fui hasta allí, me dijeron que una de las maestras estaba herida y corrí a verla; era maestra de párvulos; ‘¿y los niños?’, preguntaba. Cuando cayeron las bombas estaban en un bosquecillo al lado de la escuela, muchos de ellos murieron”. Ese día perdió a otra compañera. Pero en Alcañiz también ocurrió algo hermoso, agrega. En medio de esa guerra, Benita conoció a Felipe Serrano, maestro como ella. Se enamoraron y decidieron compartir sus vidas.

Pese a todo el horror, Elvira Godàs guarda también buenos recuerdos de su etapa como maestra. Junto a su marido, otro profesor, se trasladó de Lleida a Barcelona y trabajó en la escuela Nova Infància. Cuando sonaban las sirenas, paraba la clase y corría con sus alumnos al refugio antiaéreo que había en los Encants. Ejerció además en escuelas de Les Borges Blanques y Figueres. “Eran tiempos difíciles e inestables, pero enseñábamos a gusto, en libertad, y tratábamos de dar normalidad a los niños”, dice. La escuela se convirtió en un oasis en medio de toda la barbarie, la conexión con una vida normal.

Con el avance de las tropas de Franco ambas mujeres acabaron en el norte de Catalunya; siempre ejerciendo de maestras. Allá donde iban, encontraban una escuela con niños a los que enseñar. “La delegación de maestros de Girona me asignó una plaza en la escuela de Llançà, era un colegio para refugiados. Me adjudicaron una clase especial a la que asistían niños procedentes del norte de España, asturianos principalmente, muy traumatizados por la guerra. Recuerdo a uno que lo único que hacía era coger la tiza, ir a la pizarra y dibujar aviones que lanzaban bombas encima de los pueblos y de las gentes”, rememora Benita Gil. Felipe se hallaba en El Port de la Selva, destinado a la defensa de costas con el ejército republicano. 

Allí, en Llançà, la maestra tomó una de las decisiones más duras de su vida: “Decidí abandonar España, fue el día más triste”. Pensó que su suerte “debía ser la de la República” y, junto a Felipe y otros maestros aragoneses, huyeron hacia la frontera. Era enero de 1939, las tropas franquistas ya habían tomado Figueres, y ellos llegaron a Perpiñán en el autobús que trasladó a los niños de la zona. Allí se acabó la escuela.

Una familia francesa acogió a Benita en Laroque d’Olmes. Su pareja se vio inmersa en otra guerra: “Muy Quijote él, se fue voluntario a luchar contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial y estuvo dos años y medio en un batallón de infantería destinado en Siria”. No volvieron a verse hasta 1942.

Felipe y Benita comenzaron una nueva vida juntos, en Francia. Trabajaban los dos, ella como zurcidora en una fábrica textil, y él, como obrero, albañil, picador de piedra o leñador. Nunca más ejercieron como maestros, “pero salimos adelante”. En Francia nacieron sus dos hijos, Felipe y Dely. Cuando todo parecía ir bien, sufrieron un segundo exilio. El 1950 el gobierno francés expulsó del país a 500 españoles vinculados al Partido Comunista dentro de la operación Bolero-Paprika. Benita, Felipe y sus hijos fueron enviados a la antigua Checoslovaquia, a la ciudad industrial de Ústí nad Labem, en el norte de Bohemia. Empezar de nuevo fue duro, pero una vez más, la familia superó las adversidades. Poco a poco progresaron, se trasladaron a Praga y ambos trabajaron como traductores. Benita, en la Federación Sindical Mundial; Felipe, en el Consejo Mundial de la Paz.

Cuando las tropas franquistas llegaron a Figueres, Elvira tomó la misma decisión que Benita: huir a Francia. Cruzó los Pirineos a pie con su marido, Josep Cervera, enfermo del corazón, y su hijo de dos años y medio. “Gracias a unos familiares logramos escondernos cerca de París”, recuerda. Allí permanecieron hasta conseguir plaza en uno de los barcos que el gobierno de México puso para los refugiados españoles. Elvira partió en el 'Sinaia', uno de los símbolos del exilio republicano, en el que, con su familia y 1.600 españoles más, llegó a Veracruz. En México, Elvira y Josep siguieron trabajando en la enseñanza. Él murió tres años después, pero ella continuó en su profesión más de 40 años.

Mientras, en España se acabó el impulso educativo. Después de jueces y fiscales, los maestros fueron el colectivo más perseguido por la dictadura. Se estima que el 11% se exilió y de los que se quedaron, el 30% fue represaliado, con asesinatos incluidos.

Con la llegada de la democracia, tanto Benita como Elvira regresaron al país en 1980. Benita guarda un recuerdo especial de las primeras elecciones españolas en las que participó, las de 1982. “Fui a votar con una rosa roja en la mano”, dice emocionada. Elvira trabajó como maestra de música en una escuela de Sant Adrià de Besòs antes de jubilarse.

Al cabo de unos años, Benita volvió a Praga para estar con sus hijos. Allí se ha convertido en una persona muy querida por la colonia española y sigue siendo una observadora crítica de la actualidad. En enero, el embajador de España en la República Checa le entregó la Encomienda de la Orden de Isabel la Católica, concedida por el rey Juan Carlos. “En mi vida han pasado cosas muy tristes, pero me quedo con lo bueno, que también ha habido mucho; mis hijos y mis nietas han podido estudiar en la universidad, y para mí es la mayor satisfacción”, concluye.

Elvira Godàs también se muestra satisfecha con el balance de su vida. El recuerdo de la República sigue vivo en ella. “Mi vida ha sido una aventura –dice–, y me considero una persona muy feliz, porque todo lo que he deseado de corazón lo he conseguido”.

Un centro innovador

El Liceo Escolar de Lleida, creado por los padres de Elvira Godàs, sacudió la enseñanza de la ciudad, como explica Hermínia Esteban en ‘Més que una escola' (Pagès Editors) Con una pedagogía innovadora, apostó por los valores democráticos y participativos para educar a sus alumnos. Lleida ha rendido varios homenajes a esta escuela y a sus exalumnos, ya octogenarios. En una de estas ocasiones, uno de ellos declaró: “Si el piloto que nos atacó en 1937 hubiera estudiado en una escuela como la nuestra, nunca hubiera podido lanzar una bomba”.



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Así es... o no...: Desconfiando de la luna

«Además de verdad», una sección por David Araújo Bermejo
 
Se acaban de cumplir 45 años de la llegada del hombre a la Luna. Como dice en un tweet Tomás Roncero, que es periodista aunque cueste asumirlo, «45 años de la PRESUNTA llegada». Podría utilizar otra palabra, pero a él le gusta lo de presunta y oye, también dice que Alemania ganó el Mundial gracias al Madrid, porque los jugadores del Bayern aprendieron la lección que el equipo merengue les dio en las semifinales de Champions.
En fin, el caso es que Roncero, como muchos otros, no se cree, o al menos no está seguro, de que Neil Armstrong y un tal Aldrin se dieran un paseo por la superficie lunar. Era la época de la Guerra Fría entre las dos grandes potencias mundiales y una de las armas más recurrentes era la propagandística. Y nos lo contaron los yanquis, de los que, aun a día de hoy, recogemos cualquier información poniéndole un asterisco que nos remite a un pie de página en el que leemos ¿nos la estarán metiendo doblada? Hay gente convencida (hay que ser también retorcido para estar convencido de ciertas cosas) de que el ataque a las Torres Gemelas fue argüido por la propia Administración de EE UU para procurarse un motivo legítimo y poder ejecutar una estrategia militar y económica planificada mucho tiempo antes.
Lo dicho, lo supimos por los norteamericanos, y yo tampoco puedo dejar de ser escéptico sobre aquello en lo que están implicados y aun en lo que aparentemente no lo están, porque siempre se acaban presentando. Desaparece un avión comercial y otro es derribado de forma inexplicable y a mí me sale una tormenta de ideas sobre conspiraciones estadounidenses: ¿quién iría en ese avión, sobre todo si es un grupo (científicos, informáticos, etc…)? ¿Qué repercusiones tendrá esto, a quién beneficiará y, sobre todo, a quién perjudicará?

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Así es... o no...: 25 de xullo

É para min o 25 de xullo o punto central do verán, o verdadeiro midsummer, sempre un dos días máis fermosos do ano, de festa e celebración en practicamente calquera dos puntos cardinais de Galicia. Ademais, como lle lin a outro profesor hai pouco, para os que levamos na escola toda a vida os mellores recordos adoitan ter acontecido entre as dúas virxes do verán, do 16 de xullo ao 15 de agosto: O Carme, Santa Cristina, Santiago, Santa Ana, o Cristo e maila Asunción… período que os vigueses alongariamos ata San Roque e os celtistas ata o Cidade de Vigo, celébrese cando se celebre.

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